El campo también necesita equidad de género

La conmemoración del Día Internacional de la Mujer es la oportunidad de reconocer y evidenciar que aún existen dificultades que debemos enfrentar las mujeres y más aún si viven en el campo. En este sentido, es importante concientizar a la sociedad sobre esa problemática y su impacto, tomando acciones tanto en el ámbito público como privado, lo cual lleva a reflexionar sobre el rol de la mujer rural; ¿por qué es importante reducir la brecha de género en el ámbito rural? ¿No deberíamos luchar por mejores condiciones laborales tanto para mujeres como para hombres? 

Evidentemente, es imperioso luchar por condiciones decentes de trabajo por igual para hombres y mujeres, pero atendiendo a sus diferencias, con el fin de reducir la pobreza y lograr un desarrollo sostenible, inclusivo y equitativo.  La OIT resume: “Desencadenar el potencial socio-económico de las mujeres rurales y combatir la pobreza rural requiere afrontar una serie de brechas en el trabajo decente: trabajos de baja productividad y bajos ingresos, falta de protección social, falta de derechos laborales básicos, voz y representación insuficientes”.

Aunque se han venido implementando concertadamente desde los últimos cincuenta años políticas públicas,  acciones de organizaciones civiles y empresariales en este sentido, y ha habido avances, aún se está lejos de la equidad, factor clave del desarrollo sostenible de los países. ¿Por qué? ¿Cómo incidir efectivamente para garantizar el trabajo rural equitativo entre mujeres y hombres, y así reducir la pobreza y estimular el crecimiento económico?

Según el informe de la Unesco sobre Igualdad de Género, es fundamental que sigan evolucionando las actitudes y las percepciones culturales de las comunidades acerca del lugar de la mujer en la sociedad, para que lo logrado se sostenga y para que estas comunidades rurales comprendan, se impliquen y apoyen las medidas que impulsen nuevos progresos en este sentido. “Solo hay igualdad de género cuando las medidas aplicadas ‘de arriba abajo’ se complementan plenamente con el apoyo recibido ‘de abajo arriba’.” 

En muchos países de Latinoamérica, y pensemos que aún más en el ámbito rural, siguen vivas tradiciones, sistemas de valores, y  prácticas culturales que ven negativamente el empoderamiento de las mujeres, y tienden a mantener el estado de las cosas, es decir, entran en conflicto con los derechos universales de las personas. En efecto, el  respeto y valoración de la diversidad cultural, no se riñe con que estos valores y prácticas pueden y deben lograr armonizarse con los acuerdos internacionales en materia de derechos humanos.

Por otro lado, como es dinámica, la cultura es una herramienta imprescindible para ir desnaturalizando las prácticas misóginas, impulsando la transformación hacia sociedades más justas, equitativas e integradas. 

Como testimonio personal, siendo agrónoma, contemplo la labor de las agricultoras: uno de los trabajos más nobles y a la vez más duros que el ser humano pueda desarrollar. Ellas labran la tierra, siembran y observan germinar las semillas, cuidan sus cultivos de las inclemencias del tiempo, proveen protección ante plagas y enfermedades, agua y nutrición para producir los alimentos que llegan a nuestra mesa todos los días.  

Por todo esto, desde mi rol de mujer, madre y profesional, siento una enorme responsabilidad por hacer un llamado a la reflexión: podemos aportar, desde nuestros distintos lugares, por disímiles que sean, una idea, una imagen, una acción, para transformar en nosotros mismos y en los otros los valores y prácticas culturales que nos constituyen, e ir hacia una sociedad de iguales. Nuestro quehacer es clave en esa transformación.

Mujeres y hombres tenemos la misma capacidad de impulsar el desarrollo agrícola, juntos nos complementamos y juntos podemos construir una sociedad más justa para nuestras hijas e hijos.

Por: Margarita González, Directora de Agronomía de Yara para Latinoamérica
Agraria.pe / 04 de marzo 2019

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